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La página de Ciencia del Diario Los Andes rinde homenaje al gran naturalista zoólogo, Virgilio Germán Roig

Publicada el 24 DE AGOSTO 2020, 15:07 En Noticias.

La página de Ciencia del Diario Los Andes rinde homenaje al gran naturalista zoólogo, Virgilio Germán Roig
La página de Ciencia de Diario Los Andes rinde homenaje al gran naturalista zoólogo Virgilio Germán Roig, quien acaba de cumplir 90 años.

La sociedad mendocina le debe la creación, en asociación con su hermano Fidel Antonio, de dos hitos: la Reserva de Biósfera de Ñacuñán (Santa Rosa) y el Instituto Argentino de Investigaciones de Zonas Áridas (IADIZA).

Un pequeño Virgilio conoció el ambiente árido de las lagunas de Guanacache, donde su padre (Fidel Roig Matons) pintaba rostros y costumbres. Y resultó obvio que estudiara en el Liceo Agrícola y Enológico "Domingo F. Sarmiento".

La acción por el ambiente arrancó a los 23 años al ir a Ushuaia a relevar la flora, como ayudante de una expedición de la UNCuyo y la Marina.

Atraído por la Zoología, en una finca de Tunuyán descubrió tortugas acuáticas y después, en El Carrizal, una tortuga similar, que se encuentra clasificada en la colección del IADIZA.

Al elegir carrera, no dudó: cursó en la Facultad de Ciencias Agrarias. Aprendió Anatomía junto al médico español Gumersindo Sánchez Guisande, titular de Anatomía Humana, en Ciencias Médicas.En tanto, junto con su hermano Fidel recolecta plantas y arma un herbario, que está en el IADIZA.

En 1958 se graduó como ingeniero agrónomo. Tomó entonces conocimiento de la existencia de grandes extensiones de tierras fiscales abandonadas. Eran tres áreas que se encontraban en Desaguadero, Ñacuñán y Divisadero, sectores donde releva flora y fauna. Una de esas revisiones se hizo en la actual Biósfera de Ñacuñán, que había sufrido una tala muy severa, a principios del siglo XX, para extraer madera.Como consecuencia de los viajes al alejado paraje, pudo concretar un inventario forestal y cuantificar las posibilidades de recuperación del sistema.

Accedió como técnico a la Dirección de Parques y Bosques, y más tarde al Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET).En 1958, el Gobierno Nacional lanzó un plan forestal nacional, con el propósito de lograr especies de rápido crecimiento. Virgilio, en Mendoza, consiguió incorporar una nueva variedad de salicáceas, obtenida en España: el álamo 214.

En 1960, con 30 años, comenzó como investigador en el Instituto de Biología Animal, en la Facultad de Ciencias Médicas. En paralelo ya contaba con la documentación para crear las reservas forestales de Ñacuñán y Divisadero (administración Francisco J. Gabrielli).Comenzó un tiempo de mucha exigencia.

En Ñacuñán hubo que aislar la reserva de las estancias vecinas. El alambre para cercar el lugar salió del Parque San Martín y los palos los obtuvo en la maderera Chimeno.

En la misma época, el investigador recolectó batracios en Ecuador y Perú, en el marco de una investigación que procuraba obtener drogas naturales.En 1965 volvió a armar valijas y partió a Costa Rica a estudiar la biología tropical, contratado por la Fundación Rockefeller y la Universidad de San José. Al regresar a Mendoza, se aplicó en la termorregulación de Saudíes piche y Euphractus. En un congreso sobre Biología y Zoología, en Rosario, el Premio Nobel de Medicina, Bernardo Houssay, lo impulsa a especializarse en el tema, en la Universidad de California (EEUU), hacia donde partió con su familia en 1966. Empezó con dos líneas de trabajo: una, conocer las características de un batracio que en el verano se entierra; la otra, observar la faz de hibernación.De regreso a Mendoza, Houssay le donó fondos y Virgilio fundó un laboratorio en el Instituto de Biología para estudiar la termorregulación, principalmente en edentados.

Trabajó en este tema hasta 1969, cuando vislumbró la posibilidad de crear el Instituto Argentino de Investigaciones de Zonas Áridas (IADIZA). Entonces, el Gobierno Nacional estaba en manos castrenses. En Mendoza, con intervención militar, es nombrado subsecretario de Economía, dándose tiempo para hacer un relevamiento biológico de la zona de la llanura, desde Lavalle hasta Malargüe. En paralelo, planteó la necesidad de crear un instituto para el estudio de las zonas áridas pero, al recurrir al CONICET, le respondieron que no tenían presupuesto.

En el tiempo en que procuraba crear el IADIZA, el dictador Onganía fue destituido (1970).En Mendoza, asumió como interventor Félix Enrique Gibbs, y Roig se hizo cargo del Ministerio de Economía. Ésa fue la llave para fundar el Centro Regional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas (Cricyt), al que se destinó un terreno del parque que anteriormente había sido una ripiera. Entonces, la provincia tenía para esta época dos importantes instituciones: el IANIGLA y el Instituto Argentino de Investigaciones de Zonas Áridas (IADIZA).Este último trascendió la capacidad científica y dejó de ser puramente provincial, pasando a la órbita del Conicet. Hoy el IADIZA depende de la provincia, del CONICET y de la UNCUYO.Luego tomó contacto con el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma) y participó como organizador de una conferencia mundial sobre desertificación, en Nairobi, Kenia.

En 1971 es nombrado director ejecutivo del Cricyt, función que concluyó en 1976 con el golpe militar. Su carrera peligraba al ser dado de baja en los cargos de director del IADIZA y del Cricyt. Entendió el mensaje y partió a Washington, como asesor del Programa de Medio Ambiente de la ONU. Comenzó entonces un período de muchos viajes.

Se metió de lleno en el Plan Mundial para Combatir la Desertificación y fue a Irán, Afganistán, Sudáfrica y Tanzania. Fueron tres años de mucho trabajo en Asia, África y Oriente Medio. Al finalizar esta etapa, lo trasladaron a la ciudad de México, con la tarea de detectar zonas desertificadas de varios países de América Latina. Luego fue a República Dominicana y a Haití.

Otra de las misiones la cumplió en la zona norte del altiplano del Ecuador, y enseguida en la costa peruana para reconocer situaciones de avance del desierto sobre algunas áreas que habían estado protegidas pero que habían quedado desertificadas.

Desde 1976 hasta 1980 se movió sin parar. En 1983, con el retorno de la democracia, se estableció con su familia en Mendoza. En una desordenada hoja de ruta podemos citar incursiones al nordeste de Brasil; Kenia, para hacer un relevamiento de biodiversidad, y lo mismo en Tanzania, por solicitud del Museo Británico. Inspeccionó y relevó lugares como los parques nacionales Ngorongoro y Serengueti. En 1980 participó de la Conferencia Mundial en Ginebra sobre la desertificación.

En 1983, al terminar el proceso militar, el inquieto zoólogo volvió a sus funciones. Por concurso se hizo cargo de la dirección del Instituto de Biología Animal (en Ciencias Agrarias).

Entre tanto, participaba de un grupo que estudiaba el comportamiento de un roedor robusto y subterráneo, el Tucu-tucu. Compartió misiones con el doctor Michael Mares, de la Universidad de Oklahoma (EEUU). En Andalgalá (Catamarca) hallaron una pequeña rata, del género Andalgalomys, bautizada con el apellido del especialista mendocino, Andalgalomys roigii.

En esta parte del relato, indagamos qué estrategia emplea un naturalista zoólogo para acechar un determinado individuo de la naturaleza, en la soledad del terreno. Contestó: “Paciencia, recorrer los lugares donde puedan existir las especies de animales buscadas, instalar trampas, y hacer observaciones sobre el medio ambiente. Colabora saber qué comen (plantas, insectos, etc), cómo son los lugares que habitan (cuevas, plantas o árboles) y conocer taxonomía de modo de apreciar las diferencias entre los animales que se están investigando”.

En 1989 disertó en Sudáfrica sobre el informe de biodiversidad de África central y occidental. Desde 1990 a 1993 el programa de Medio Ambiente de la ONU le encomendó organizar un curso internacional para entrenar profesionales en desertificación y el conocimiento de la biodiversidad. Virgilio puso a cargo de la tarea a la investigadora Elena María Abraham, hoy titular del CCT CONICET Mendoza.

A los 75 años Virgilio se jubiló, pero siguió trabajando como emérito del CONICET. La suya ha sido una vida dedicada a crear, inventar, gestionar e investigar. Siempre quiso hacer más vivible y humano el terruño que habitamos y que llamamos planeta.

Fuente: Diario Los Andes