Sociedad

El diccionario define este término como una agrupación de personas que constituyen una unidad, con la finalidad de cumplir mediante la mutua cooperación, todos o algunos de los fines de la vida. Así, podemos definir la sociedad como un conjunto organizado de individuos que siguen un mismo modo de vida.

Las metas de la sociedad actual (y su economía) se orientan hacia la producción y el crecimiento. Con la premisa de que si algo es deseable también es posible, el crecimiento pasa a convertirse en la satisfacción de necesidades cada vez más superfluas. El número de necesidades, estimulado por la publicidad (que en gran parte está orientada a crear insatisfacciones permanentes), crece indefinidamente. Esta forma de sociedad en que se promueve la adquisición y el consumo desmedido de bienes para sustituir otros que aún pueden continuar en uso, se denomina sociedad de consumo.

Pero este esquema de consumo, si bien es característico, no es parejo; grandes sectores de la sociedad están expuestos a la publicidad y a la incitación al consumo pero carecen de los medios para consumir.

Toda sociedad tiene una organización. Hay una estructura social en la que se generan las reglas (normativas) y los comportamientos (individualismo, solidaridad). Esa estructura social presenta hoy, más que una división en clases, una división por estatus. Nuestra sociedad, además de satisfacer las necesidades básicas, “necesita” satisfacer deseos de confort y de prestigio (estatus).

Este comportamiento incide en la estructura social. Mientras las escalas de valores tradicionales integraban a la sociedad, la actual búsqueda de estatus la hace cada vez más individualista; el individualismo y la competencia se imponen como valores sociales. La incentivación de ese individualismo sumado a la debilitación de los roles sociales del Estado, resquebraja el tejido social y desintegra las redes solidarias, dejando a cada persona librada a su propia suerte.

El resultado es el surgimiento de una sociedad en la que parte de los individuos vive una permanente conquista de estatus; si les va bien quieren que les vaya mejor, si tienen suficiente quieren tener más y como esas son metas individuales, contribuyen a la desintegración social. Por otra parte, como la característica esencial de los símbolos de estatus es su transitoriedad, el individuo “debe” abandonar constantemente un símbolo por otro, comportamiento que está directamente relacionado con los procesos de producción y de consumo.

Simultáneamente, una gran parte de la sociedad sufre un pronunciado proceso de empobrecimiento, en el que los estratos medios tienden a desaparecer mientras se frenan sus expectativas de progreso y los estratos más pobres se empobrecen aún más, provocando un estado de sufrimiento, desesperanza y descreimiento generalizados.

Del incipiente Estado de Bienestar que se creyó crear se pasa a un Estado de Malestar, que se manifiesta fundamentalmente en una caída generalizada de las expectativas vinculadas con el mejoramiento de la calidad de vida. 

Por otra parte, las sociedades poseen una amplia capacidad de crecimiento a nivel de individuos. Esto significa un aumento sostenido y geométrico de la población y todo lo que ello implica: el consumo racional e irracional de materias primas y de energía, una generación desmedida de residuos contaminantes en todas sus formas bastan como ejemplo.

De la sociedad arrancan, directa o indirectamente, los procesos de contaminación. El comportamiento social incide directamente sobre el ambiente y se manifiesta tanto en la forma en que se explotan los recursos como en la importancia relativa que se le atribuye a cada uno de ellos. La magnitud del impacto es función de su tamaño, de las tecnologías y de las pautas de consumo.

Hoy no se ignoran los peligrosos efectos que este estilo de vida provoca en el ambiente, pero como los beneficios son concretos y se disfrutan ahora y el daño ecológico es difuso y se manifiesta a largo plazo, nada parece justificar que halla que limitarse hoy para que se beneficien en el futuro individuos anónimos. El economista estadounidense J.K.Galbraith llama a esta concepción “cultura de la satisfacción”.

Afortunadamente toda sociedad tiene capacidad para identificar sus problemas, rever sus conductas y promover cambios en su estilo de vida. Y como la sociedad es un sistema de sistemas, los problemas en ella generados son posibles de resolver cuando se los aborda desde una perspectiva sistémica.

Laura Scafati

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Bibliografía

- GALBRAITH, J.K. 1992. La cultura de la satisfacción. Emecé Editores.

- DALY, H.E. (Compilador). 1989. Economía, ecología y ética. Fondo de Cultura Económica, Economía Contemporánea. México.

- HERSKOVITS, M. 1964. El hombre y sus obras. La ciencia de la Antropología cultural. Fondo de Cultura Económica, Antropología. México.

- MAFUD, J. 1985. Los argentinos y el status. Distal SRL, Buenos Aires.

- MINUJIN,A. et al. 1992. Cuesta abajo. Los nuevos pobres: efectos de la crisis en la sociedad argentina. UNICEF / LOSADA, Bs.As.


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